
PARTE 2
Adrián tardó unos segundos en contestar. —El terreno está inestable. Mi esposa trabajaba en esta zona, pero ya revisamos y no hay nadie aquí. El hombre respondió que el detector acababa de registrar señales repetidas y que, mientras existiera la posibilidad de un sobreviviente, su equipo debía comprobarlo. Desde abajo escuché cómo varios pasos se acercaban.
—Esta zona está bajo mi responsabilidad —insistió Adrián—. No quiero que una excavación provoque otro derrumbe. El otro hombre no levantó la voz. Dijo que era jefe de una brigada de Protección Civil y que no iba a autorizar maquinaria pesada, pero sí una revisión manual. Por primera vez en seis días, Adrián no pudo simplemente ordenar que todos se fueran.
Intenté gritar, pero de mi garganta apenas salió aire. Golpeé una piedra pequeña contra una barra de acero tres veces, descansé y repetí. Arriba hubo silencio. Luego escuché al rescatista decir: —Ahí está otra vez. Viene de abajo. Mi corazón empezó a golpearme el pecho con tanta fuerza que por un instante olvidé el dolor de la piel.
Adrián volvió a intervenir. Dijo que podían ser tuberías moviéndose, metal suelto o animales atrapados. El jefe de brigada ordenó apagar los motores cercanos y pidió absoluto silencio. Volví a golpear la barra. Esta vez todos lo escucharon con claridad. —Hay alguien vivo —dijo uno de los rescatistas.
A partir de ese momento Adrián cambió de estrategia. Ya no intentó impedir el rescate; comenzó a presentarse como el esposo desesperado que llevaba días esperando una oportunidad segura para sacarme. Lo escuché explicar que yo podía estar muy grave y que debían tener cuidado. Nadie discutió con él, pero tampoco volvieron a pedirle permiso.
El trabajo avanzó lentamente. Retiraban fragmentos pequeños, estabilizaban una sección y volvían a revisar. Yo guardé el celular contra mi cuerpo y sostuve la jeringa dentro de la bolsa impermeable que había quedado conmigo. Los documentos completos seguían escondidos entre las barras de acero. No sabía si tendría fuerzas para recuperarlos después.
Cuando una abertura más grande dejó pasar luz, vi por primera vez el casco de uno de los rescatistas. Le pedí agua, pero enseguida recordé todo lo ocurrido y negué con la cabeza. —No me den nada que venga de mi esposo —logré decir. El hombre se quedó mirándome un instante y llamó a un paramédico.
Adrián intentó acercarse. —Elena, soy yo. Ya estás a salvo. Sentí que el miedo regresaba con más fuerza que antes. —No lo dejen entrar —dije—. Por favor, no lo dejen tocarme. La expresión de varios rescatistas cambió, aunque ninguno hizo preguntas en ese momento.
Antes de sacarme, señalé con la mano hacia las barras detrás de mí. —Hay documentos escondidos ahí. No los tiren. También les pedí que conservaran la bolsa y la jeringa conmigo. El jefe de brigada indicó que colocaran todo por separado y anotaran de dónde había sido recuperado.
Cuando finalmente me levantaron sobre una camilla, el dolor fue tan intenso que perdí la noción de varios minutos. Alcancé a ver a Adrián a unos metros. Tenía el rostro pálido y una expresión que cualquiera habría confundido con preocupación. Pero yo ya conocía demasiado bien la diferencia entre su actuación y su verdadero miedo.
En la ambulancia, una paramédica revisó mis lesiones y preguntó qué había tomado durante los días anteriores. Le conté que Adrián me enviaba agua y comida, y que después de consumirlas habían aparecido fiebre, ampollas y desprendimiento de piel. También le dije que la jeringa nunca me la había aplicado. Ella no sacó conclusiones, pero avisó al hospital que debían valorar una posible exposición tóxica además de las lesiones del derrumbe.
Antes de quedarme sin fuerzas, desbloqueé el celular. La grabación seguía ahí. Le pedí a la paramédica que no se lo entregara a nadie que dijera ser mi esposo. Ella guardó el teléfono con mis pertenencias registradas y me explicó que, al llegar, yo misma podría indicar a quién autorizaba para recibirlas.
Adrián llegó al hospital poco después e intentó entrar conmigo. Cuando le preguntaron si yo había autorizado su acceso, respondí que no. Fue la primera decisión que pude tomar desde que quedé atrapada. También fue la primera vez en siete años que vi a Adrián quedarse del otro lado de una puerta porque yo había dicho que no.
Horas después, una doctora me explicó que estaba muy débil, deshidratada y con lesiones que requerían vigilancia intensiva. Todavía necesitaban estudios para entender qué había provocado algunas de las alteraciones de mi piel y de mis análisis. Yo miré el celular guardado en una bolsa transparente junto a mis pertenencias y entendí que sobrevivir ya no era suficiente. Ahora tenía que impedir que Adrián terminara afuera lo que había empezado bajo los escombros.
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