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LEITURA EM PARTESParte 6 de 10

PARTE 6

Durante los meses siguientes, la rutina comenzó a estabilizarse.

Julián veía a los niños tres veces por semana durante periodos acordados. Al principio yo permanecía cerca todo el tiempo; después empecé a alejarme durante intervalos cortos cuando comprobé que sabía alimentarlos, cambiarles el pañal y reconocer cuándo estaban cansados.

No fue un cambio espectacular.

Fue lento.

Precisamente por eso empecé a confiar un poco más en su capacidad como padre.

Una tarde regresé a la sala después de haber dejado a los niños con él durante cuarenta minutos y encontré a mi hija dormida sobre su pecho.

Mi hijo estaba sentado en el tapete golpeando dos bloques de plástico.

Julián levantó los ojos.

—No quería moverme porque por fin se durmió.

Asentí.

—Hazlo despacio cuando la pases a la carriola.

No hubo más conversación.

Años atrás, una escena así habría alimentado mis sueños sobre nuestra futura familia.

Ahora sólo veía a un padre aprendiendo a cuidar a su hija.

Y estaba bien.

El problema era que Julián todavía no parecía entender completamente esa diferencia.

Cada vez que las visitas salían bien, comenzaba a insinuar que quizá podríamos “intentarlo otra vez”.

Primero lo hacía indirectamente.

Preguntaba si extrañaba nuestro antiguo departamento.

Mencionaba restaurantes a los que habíamos ido.

Después empezó a ser más claro.

—Podríamos ir los cuatro al parque un día —propuso.

—Puedes llevar a los niños cuando llegue el momento de ampliar tus convivencias.

—Me refiero a los cuatro juntos.

—Yo no necesito acompañarlos para convertirlo en una salida familiar.

Frunció el ceño.

—Somos una familia.

—Somos los padres de los mismos niños.

—¿Para ti ya no significa nada más?

Respiré profundamente.

—Significa mucho. Precisamente por eso necesito que respetes lo que te estoy diciendo.

Julián guardó silencio.

—Yo estoy intentando cambiar.

—Y lo estás haciendo en algunas cosas.

—Entonces ¿por qué no puedo recuperar también nuestra relación?

Lo miré con calma.

—Porque cumplir ahora no borra que desapareciste cuando yo dependía de ti. Y porque convertirme nuevamente en tu pareja no es un premio por empezar a hacerte responsable de tus hijos.

Aquella frase lo dejó inmóvil.

Durante algunos segundos pensé que discutiría.

No lo hizo.

Se sentó nuevamente junto a los niños.

La siguiente visita fue diferente.

No hizo preguntas sobre nosotros.

No buscó prolongar el tiempo.

Cuando terminó, recogió sus cosas y se despidió.

Agradecí ese cambio más que cualquier discurso.

Mientras tanto, yo empecé a recuperar una parte de la vida que había quedado suspendida durante el embarazo.

Volví gradualmente a mi trabajo.

Organicé horarios.

Contraté ayuda para algunas horas de cuidado cuando era necesario.

Comencé a ahorrar otra vez, aunque fuera poco.

Mi cuerpo seguía recordándome lo ocurrido.

Había días en que la cicatriz dolía.

Otros en los que la idea de no poder volver a embarazarme aparecía sin aviso.

No deseaba otro embarazo en ese momento, pero saber que la decisión ya no estaba en mis manos producía una clase de tristeza difícil de explicar.

Durante mucho tiempo había evitado hablar de ello.

Una tarde Julián llegó mientras yo guardaba unos estudios viejos.

Vio el expediente.

—¿Todavía lo revisas?

—A veces.

Se quedó cerca de la puerta.

—He leído esas hojas muchas veces desde la cafetería.

No respondí.

—Hay algo que no dejo de pensar.

—¿Qué?

—Que mientras tú estabas en cirugía, yo ni siquiera sabía dónde estabas.

Lo miré.

—Eso fue consecuencia de una decisión tuya.

—Lo sé.

No intentó justificarse.

—Pensé que si dejaba pasar suficiente tiempo, tú terminarías aceptando lo que mis papás querían. Después pasaron semanas y me dio vergüenza llamarte. Mientras más tiempo pasaba, más difícil era volver.

—Y decidiste seguir sin hacerlo.

—Sí.

Fue la primera vez que admitió su ausencia sin convertirla en resultado de nuestra discusión.

No dijo “los dos estábamos enojados”.

No dijo “necesitábamos espacio”.

No dijo “tú también pudiste buscarme”.

Sólo aceptó que había elegido no volver.

—Cuando mis papás supieron por conocidos que los niños habían nacido —continuó—, empezaron a insistirme en que tenía que ir por ustedes. Yo también quería verlos, pero seguía sin saber cómo enfrentar lo que había hecho.

—Entonces esperaste todavía más.

Bajó la cabeza.

—Sí.

Aquella confesión no reparó nada.

Pero cambió algo importante.

Por primera vez estábamos hablando de lo ocurrido sin discutir sobre quién tenía derecho a sentirse más herido.

—¿Sabes por qué llevé el expediente a la cafetería? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Porque sabía que intentarían resumir ese año como una pelea. Necesitaba que vieran que mientras ustedes decidían cuándo era conveniente regresar, mi vida estaba ocurriendo de todos modos.

Julián miró el piso.

—Lo entiendo.

—Espero que sí.

Después de unos segundos se levantó.

—No voy a volver a pedirte que regresemos.

Lo observé, sorprendida.

—Si algún día tú quisieras hablar de eso, tendría que salir de ti. Pero no voy a seguir usando a los niños para acercarme.

Asentí lentamente.

—Eso es lo correcto.

Desde aquella conversación, las visitas fueron más sencillas.

Al desaparecer la presión de nuestra antigua relación, Julián empezó a concentrarse realmente en los niños.

Y yo pude comenzar a evaluar sus actos sin preguntarme qué esperaba obtener de mí a cambio.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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